miércoles, 5 de marzo de 2014

"Yo, la peor de todas"

Juana Inés de Asbaje y Ramírez de Santillana, mejor conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, quien ostenta títulos más pomposos como "la Décima Musa" o "el Fénix de América", es también reconocida por todos los mexicanos, los amantes del barroco español (o Siglo de Oro) y seguramente por los escolares hispanohablantes que la han leído en alguna de sus clases de lengua española. Su genio indiscutible ha despertado la admiración de cientos de mujeres que viven y luchan contra un sistema patriarcal y falocrático, aunque a 319 años de su muerte, la leyenda ha remplazado, en el bagaje cultural popular, la verdadera vida de la monja.

Aún recuerdo cuando cursaba tercer año de secundaria y la maestra contaba una historia apasionada sobre una joven y enamorada Juana Inés que se hacía pasar por un hombre para poder tomar clases en la Real y Pontificia Universidad de México. La rolliza muchacha se enamoró de su mejor amigo y cuando ella le mostró sus sentimientos (no sin antes aclararle que en realidad era mujer), el infeliz la delató ante las autoridades por lo que la joven fue expulsada. Lo anterior fue una vergüenza tal para la familia que decidieron enviarla al convento como castigo. Yo, un joven de unos 13 años, creí cada palabra de lo que dijo la profesora e inmediatamente me indigné con lo que sucedió. Poco tiempo después, al leer la biografía de la monja, así como otros libros de historia y los mismos pensamientos plasmados en sus poemas (sobre todo redondillas), me di cuenta del engaño en el que había vivido. Por ello deseo desengañar a quienes afirman que la principal poetisa novohispana (bueno, mexicana) fue a la Universidad.

Para hacer el cuento corto, Juana Inés llegó de Nepantla a la Ciudad de México a vivir con sus tíos, los Mata, quienes la presentaron ante los virreyes marqueses de Mancera. La marquesa, Leonor de Carreto, invitó a la joven a vivir en Palacio sirviendo en su séquito, le pagó clases de latín y de otros temas y por años alimentó el deseo de la joven de ir a la Universidad. Desgraciadamente, Juana Inés creció y se dio cuenta que ese sueño no podía ser por su sexo. Por lo anterior, tomó la intrépida decisión de partir al convento para no abandonar sus libros ni dejar su inteligencia e ingenio en la cama de algún hidalgo hijodealgo (aunque hay quienes dicen que en realidad huyó del matrimonio debido a sus preferencias sexuales). 

¡Pero pobre Juana Inés! Decidió ingresar a la orden de las carmelitas (siendo pagada su dote por los marqueses), pero no aguantó el rigor y la severidad de dicha institución por lo que en pocos meses decidió volver a Palacio. Volvió a ponerse los hábitos pero ahora con la orden de las jerónimas (donde actualmente se encuentra la Universidad del Claustro de Sor Juana), que eran conocidas por ser unas religiosas que vivían en condiciones menos austeras o frugales a comparación de otras congregaciones. 

Leonor de Carreto se convirtió en la mecenas de Juana Inés e incluso motivó la producción literaria de la joven (también dicen que ella deseaba un matrimonio ventajoso para su protegida que no tenía dote y a final de cuentas era criolla, además de que su padre la había abandonado  cuando nació). El lazo entre ambas era tan fuerte que Juana Inés era conocida como la "muy querida por la virreina". Por ello, cuando los marqueses de Mancera dejaron de ser virreyes y se embarcaron a Europa, el golpe fue particularmente duro para la ya monja Juana Inés, pero no tuvo comparación con el que recibió cuando supo que Leonor de Carreto ya no regresó a España pues murió en el camino a Veracruz. 

El resto de la vida de Juana Inés lo pasó en su celda dentro del convento jerónimo. Ahí sostenía tertulias con importantes pensadores de la época y también era visitada por la condesa de Paredes (la que muchos dicen fue su musa, o incluso más, el gran amor de la monja). La mujer gozaba del favor de la Corte y recibía buenos pagos por las obras que le encargaban, a la vez que se dedicaba a escribir lo que su propio intelecto le encargaba. Así, fue la que mejor cultivó la redondilla en el Siglo de Oro (y en la actualidad) con una fluidez increíble en su ritmo y una sagacidad en el metro y la rima. 

Su celda estaba llena de libracos, mapas, planisferios, instrumentos astronómicos y musicales, etc. Quizá Juana Inés pensó que estaría libre para pensar y producir conocimiento, pero finalmente los lobos (como ella misma llamaba a aquellos religiosos a los que no les gustaba ver a una mujer pensar) hicieron que vaciara su aposento del pensamiento  a pesar de su fiera y bien medida defensa en Respuesta a Sor Filotea de la Cruz. Al final de cuentas, Juana Inés vació su celda y después de las críticas y peticiones se dedicó sólo a la poesía sacra. Ésta es la versión más coherente sobre el porqué dejó de producir tantos poemas como lo hacía años atrás. En los últimos años de su vida se dedicó a Dios y a "las labores propias de una esposa de Dios" (como dirían los religiosos de la época), especialmente la administración del convento y la cocina, hasta que en 1695 murió debido a una epidemia desatada en la Ciudad de México.

El sueño de Sor Juana de ir a la Universidad no se cumplió, pero cuán dichosa se sentiría al descubrir la importancia que tiene para nuestra cultura y nuestra lengua, así como la cantidad de libros con poemas suyos que llenan las bibliotecas de México.



Juana Inés en la Corte de los marqueses de Mancera. 














Fuente de la foto: 
http://pensamientofilosoficoenmexico.files.wordpress.com/2009/05/sorjuana-joven.jpg

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