viernes, 14 de marzo de 2014

Ciclos

El tiempo lo cambia todo. Patético aquél que piensa que todo es eterno, inmutable, algo dado. Y más patético quien desea retener el tiempo, capturarlo como en una fotografía, no dejar pasar nada. Qué patético soy. No importa lo que haga, el rostro que me devuelve la mirada en el espejo cada vez está más envejecido; su cabello con menos brillo, sus ojos con un vacío inquietante, como perdidos, como divagando, quizá porque se encuentra en otro lugar, quizá porque piensa que logró capturar el tiempo. No soporto ver mis arrugas.

¿Cuántas personas pasan a nuestro alrededor durante nuestras vidas? ¿cuántas verdaderamente se quedan? Es una pena, una gran y honda pena que enfurece, que enloquece, entristece... pero lo cierto es que todo cambia. Muchas personas han marcado mi vida, pero pocas se han quedado. Quizá porque las ahuyenté con mi aburrida vida, quizá porque dejé de ser necesario. Al final quedan cicatrices, marcas perfumadas de funestos recuerdos que difuminan mi rostro en el espejo. 

Nostalgia, el olor de hojas secadas en otoño, de la guayaba y el cempasúchil, un violín cantando en su cumpleaños, no en la algarabía de los muertos en la ofrenda. Todo eso ha quedado atrás.  

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