Deambulaba entre las calles de la ciudad tan
absorto en mis pensamientos que no me di cuenta ni adónde iba ni en qué momento
terminé perdido. Justo estaba pensando en la inmensidad de las ciudades y la
impresionante cantidad de gente que vivía en ellas. Para mí era frustrante
saber que no terminaría por conocer toda la ciudad en la que vivo, puesto que
eso significaba que tampoco podría conocer todo mi país, cada rincón, cada
persona, cada calle… por ende también me sería imposible conocer todo el mundo.
Las
ciudades aparecían ante mí como lugares extraños, demasiado complicados para
entenderlos del todo. Un día me propuse llegar a las fronteras de la ciudad
pero caminé demasiado y no me acerqué siquiera. En lo que descansaba y respiraba para disminuir el cansancio, la
ciudad seguía creciendo, las calles, pavimentadas o no, se multiplicaban a la
par de los edificios, algunos lujosos condominios con lujosos departamentos
diseñados seguramente por arquitectos experimentados o de renombre, mientras
otras construcciones se alzaban en obra negra, inconclusa donde los marginados
se iban a vivir.
Estamos en un mundo lleno de
ciudades, estamos en una ciudad que no tiene fin. Una ciudad se vuelve un
mosaico y un universo pues engloba demasiadas culturas, identidades,
nacionalidades (en el caso de las ciudades cosmopolita), que de pronto uno se
siente extasiado, por no decir confundido. Cuán feliz sería si pudiese conocer todos los mosaicos.
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