Tras publicarse la Reforma de Martin Luther en 1517, Europa no volvió a ser la misma, pues sendas guerras de religión se desarrollaron en no pocos países, siendo Francia el reino más afectado debido, entre otras cosas, al hecho de que se encontraba en medio de los principados germánicos (protestantes) y la católica y terrible España de los Austria.
Las guerras de religión que se desarrollaron en el siglo XVI acabaron con esa idea romántica de que Europa era un monolito cristiano. Cada reino o principado enfrentó diferentes problemas. Sin embargo, el caso inglés es uno de los más sobresalientes debido a que Henry VIII decidió romper con Roma para poder divorciarse de Catalina de Aragón y desposar a Anne Boleyn, pero esa simple decisión terminó por transformar la realidad de Inglaterra en los años siguientes.
Cuando el buen Henry murió en 1547, su trémolo hijo Edward se convirtió en rey y dio forma a la Iglesia de Inglaterra que Mary Tudor echó abajo cuando se convirtió en reina en 1553. Lo anterior es un ejemplo perfecto de la efervescencia imperante en los reinos europeos. A pesar de este renovado catolicismo impulsado por la nieta de Isabel la Católica, en 1558, Elizabeth Tudor por fin estabilizó la cuestión religiosa en su reino, a pesar de que había algunos grupos reacios a aceptarla como máxima representante de la iglesia oficial.
Pero no hay que pensar que con la llegada de Elizabeth las cosas se estabilizaron de la noche a la mañana, pues hubo intentos de golpes de Estado, planes para asesinar a la reina, y católicos acaudalados y resentidos que no perdían oportunidad de criticar a la Corona, además de protestantes puritanos que por ende no podían aceptar una iglesia como la de Inglaterra, que al final del día mezclaba varios elementos del catolicismo con otros de Luther, además de lo aportado por los ingleses, particularmente la casa de los Tudor.
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