Elizabeth Tudor, la hija que Henry VIII tuvo con Anne Boleyn en 1533, es conocida en todo el mundo como una de las reinas más hábiles de su tiempo, incluso como un ejemplo para soberanos actuales o para las mujeres. "La buena reina Bess", como todavía es llamada por algunos británicos, especialmente ingleses, llegó al poder en medio de un conflicto religioso a raíz de la ruptura entre Inglaterra y Roma y el establecimiento de la Iglesia Anglicana con Henry VIII a la cabeza.
Declarada como una bastarda por su padre después de que la madre perdiera la cabeza, la pequeña Elizabeth se crió lejos de la corte, junto con su hermana Mary, hija de Catalina de Aragón. Ambas fueron sacadas de la línea de sucesión hasta que en la década de 1540, la última esposa del rey, Catherine Parr (o Parre), convenció a éste para que fuesen restablecidas en dicha sucesión. Al ser el rey Edward un joven enfermizo y Mary una católica desquiciada (cuyas persecuciones a protestantes hicieron que se ganara el sobrenombre de Bloody Mary), en 1559 (luego de la muerte de sus dos medios hermanos) Elizabeth ya era la reina de Inglaterra, Gales e Irlanda.
Todos los cuadros que se pintaron representando a la reina muestran una mujer fuerte, con una mirada imperturbable e incluso altiva, con cabellos rojos como el sello característico de los Tudor. Si se ven todas las pinturas que se hicieron sobre la reina a lo largo de su reinado, pareciera que el tiempo no pasa por su rostro. ¿Conocemos realmente cómo era físicamente la última reina Tudor? Ahora se sabe que la monarca intentaba dar un mensaje a su pueblo: el tiempo pasa y pasará pero yo seguiré impasible aquí.
Lo anterior es un ejemplo de un intento de preservar la juventud del régimen, dando la idea de que su monarca no envejece (recordemos que muchos súbditos morían sin jamás haber visto a su rey físicamente sino sólo en pinturas, grabados o monedas). Esto va de la mano con la máxima de Elizabeth Tudor: Video et taceo, o sea, "veo y callo", pues mientras la monarca miraba su empolvado pero arrugado rostro en algún espejo de sus aposentos en Whitehall o Greenwich, los artistas reales o los acuñadores de monedas seguirían dibujando a una mujer refrescada, con abundante pelo rojo y una piel tersa, a pesar de que todos en la corte se daban cuenta de la diferencia entre la reina de carne y hueso y la reina que Elizabeth quería que sus súbditos vieran.
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