viernes, 21 de febrero de 2014

El sueño donde primero sueño

Mirándome al espejo descubrí a la hidra enloquecida devolviéndome la mirada de forma desafiante, altiva, burlona... ella se daba cuenta de los oprobios por los que había pasado y parecía gustosa de recordármelo con esos ojos penetrantes e inyectados en sangre y con esos colmillos sonriendo socarronamente. Esos rostros los recordaré toda la vida, aunque todas esas cabezas, que seguían mi paso por la habitación, al final no pudieron darse cuenta de mi caída hacia un abismo tan profundo como el Tártaro donde no se podía oír nada, ni siquiera las maldiciones lanzadas por Hades.

Corría sin detenerme, corría sin mirar atrás, en realidad sin mirar a ninguna parte pues todo era penumbra, hasta que de pronto, y sin darme cuenta, comencé a nadar incesantemente, mientras detrás de mí sentía la presencia del espejo que velozmente me seguía. Temía ver dicho espejo y no por la hidra, sino porque no quería ver mi trémolo rostro, pero éste se movía tan rápido que finalmente me dio alcance; no se sumergieron fragmentos de cristal hacia las profundidades de las aguas, tampoco se escuchó el impacto de vidrio al romperse, sólo me absorbió hacia tierras nuevas, donde mis plantas pronto se posaron en una tierra fresca pero airosa, llena de nubes alrededor, allende el paisaje coronado por montañas y en la cima un templo de mármol.

Primero pensé que estaba en el Olimpo hasta que vi un camino de sangre espesa y oscurecida que se dirigía hacia el templo. Intrigada, caminé hacia la construcción y pronto me di cuenta que estaba frente a Urano y, horrorizada, observé que la sangre provenía de su falo cortado por Cronos. El  dios ni me miró ni pareció darse cuenta de mi presencia, sólo siguió observando su regazo con la mirada perdida, furtiva y con un llanto apagado. Cuando pisé una de las losetas que cubría el piso del recinto, Urano levantó la vista y al cruzarse nuestros ojos, una punzada en el vientre me trajo a la mente una gota de sangre derramada sobre Gea, mi madre...Tenía un vago recuerdo de que ese ente era mi padre. Urano me lo confirmó al decirme quedamente: "¡Alecto, hija mía! ¿a qué has venido si no es a ver mi sufrimiento?" En ese momento escuché un espejo quebrarse, cuyo sonido me trajo a la realidad, temo que la hidra al otro lado del espejo me pueda devorar. 

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