Dentro
de la habitación aún se sentía la fragancia dulzona que emanaba de su cuerpo,
pero él no podía recordarlo. Quizá porque había pasado mucho tiempo desde la
última vez que se abrazaron, o porque estaba tan acostumbrado a estar con ella
que ya no percibía su olor. Han pasado 20 años desde que dejó este mundo y aún
la recuerda con tristeza, aunque no diga nada. Desde que lo conocí me
percaté de ello pero no quise decir nada para no ofenderle; al final de cuentas
cada quien elige cómo llevar el luto de sus seres amados.
Yo
sí percibía el olor en la habitación. Era tan fuerte que se me quedaba
impregnado incluso después de salir de la casa. A pesar de que no la conocí,
ese perfume que usaba me hace imaginarme que era una mujer bastante fuerte,
tanto que su esencia aún permanece en este mundo, tanto que sus hijos también
son muy fuertes. Me hubiese gustado conocerla y que lo viera crecer. Cuántas
historias podrían haber tenido juntos. Cuántos álbumes llenos de fotos, viéndolos
envejeciendo a la par. Sé que se sentiría completamente orgullosa con todo lo
que ha logrado, como yo lo estoy de él.
No
sé la causa por la que se me viene a la mente últimamente. No tendría razón
para reparar en mí pues ¿quién soy yo para su existencia? sí, digo su
existencia porque de alguna manera todavía existe. Su perfume es una mezcla dulzona
de flores que se encuentran fuera de este país. Quizá adquirió este olor en sus
viajes por Europa, tomando una copa de cava, o comiendo panellets, paseando por
las calles de Falset fumando tabaco, redescubriendo sus raíces catalanas...
quizá su fragancia siempre fue ésa, finalmente no lo sé.
Mar
y cielo, su esencia ha quedado impregnada en el aire. Mar y cielo, finalmente
se ha fusionado con el firmamento. Mar y cielo, difícil no pensarla al mirar la
bóveda estrellada en las noches insomnes en las que la echamos más en falta. Miro
al cielo desde la ventana, queriendo estar seguro de que está ahí, tener la
certeza de que lo protege con sus amables brazos y guía sus pasos cuando se
siente perdido. En la inmensidad del dolor que su partida dejó, el único
consuelo es recordar su perfume y sonreírle al cielo y al mar.
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