Hay veces en las que no quisiera vivir realidades, sino
sueños donde mi existencia sobresalga para crearme un mundo atado a mis
designios. Donde la realidad no la perciben los ojos sino los sentimientos;
donde no haya dolor, ni molestias, nada que uno no quiera soñar… Y que sentir
el fresco perfume de una vida imaginaria logre absorber los dolores de la
existencia misma creada por la naturaleza, sin controlarse por los
pensamientos.
Y que los murmullos constantes de agonizantes derrotas se
conviertan pronto en nuevas realidades propias, desconocidas por quienes ven de
fuera y disfrutadas en la soledad de las noches, pues es sólo ahí cuando se puede visitar nuestro
mundo tan nuestro, creado a imagen y semejanza de nuestros sentimientos, donde
somos protagonistas.
La verdad de las realidades es que no hay maldad en divagar
con sueños y anhelos; tan sólo hay que recordar cuándo despertar.
Para no marchitar la vida, para nutrir el alma no queda más
que vivir. Para el dolor y la desazona de la naturaleza humana, los sueños son
el mejor antídoto que alivia el dolor de la realidad, llevándolos a fantasías
palpables que sólo puedan sofocar el malestar mas no reemplazar las espinas de
la existencia.
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