La anacrusa se había marcado y la orquesta se abalanzó rematando cada compás del presto y sin perder la vista a la batuta. Una explosión de sentimientos ocurría en su interior, a la par de las vibraciones del alma dentro del cello. Así, con la mirada fija en la nada, parecía como si pudiera ver los sonidos que emitía, sin percatarse siquiera de la presencia de los demás músicos o del público que aparecía como un muro indefinido en donde no se distinguían rostros sino sólo oscuridad. Así continuó durante todo el concierto.
Calidez, oscuridad, la fuerza de un staccato, seguida por un pianísimo, las notas fluían como agua entre sus dedos, el crin en el arco era tan veloz como el caballo de donde provenía, a pesar del dolor en los brazos y en los dedos. ¡Pero nada de eso importaba! Porque cuando ella tomaba su cello, su cuerpo era poseído por la música, invadido por la sensualidad o intensidad de las notas; su cuerpo era una ofrenda ofrecida a Orfeo y un tributo a sus propios sentimientos. Así, recordar cada nota se convertía en un rezo dirigido y memorizado.
Cuán bendita sería entonces fusionarse totalmente con el instrumento y partir a una tierra de maderas finas y oídos absolutos escuchando a Orfeo dedicar sus cantos a Agripe... un arco cae de golpe al suelo y de la punta se desprende el crin, un cello se desalma al caer, igual que su dueña, pues cuál sería la sorpresa del público al ver dormida a la cellista, quien en ese momento había partido a componer con las ninfas.
¡Hola Arturo!
ResponderEliminarTe felicito por tu redacción y tu ortografía. No tienes ningún error salvo una "coma" que se te escapó. Esperamos que sigas así el resto del semestre.
Tienes tus dos primeras entradas registradas, pero recuerda que tienes que escribir dos veces a la semana y en días no consecutivos.
Saludos.