viernes, 16 de mayo de 2014

Tres veces dos y siete o de gamma a épsilon

Tres, parece que su profecía se ha cumplido. Tres: pasado, presente y futuro; nacimiento, crecimiento y muerte; construye, destruye y reconstruye... parece que hemos gastado el tres. Siempre se ha dicho que es el número más equilibrado, por ello no entiendo el desorden que he ha dejado en mi vida, ni sé qué decisiones tomar ahora.

El tres, protagonista de tiempos clásicos: tres eran las moiras Cloto, Láquesis, y Átropos, hilando el destino de los dioses y los humanos, siempre un triángulo virtuoso que equilibraba el todo. Pero también tres eran las grayas que, naciendo ya viejas, dividían la última etapa de la vida. Y no sólo ellas: tres eran las cárites Aglaya, Eufrósine y Talía. Tres en el universo, tres generaciones de dioses. Siempre tres, tres y tres.

Pero ninguna de esas triadas me ha visitado (quizá sólo las grayas). De entre las moiras, Cloto me vio con ternura al hilar mi vida mientras que Láquesis permanece en silencio con su mirada socarrona. Al menos Átropos no ha decidido cortar mi hilo... Tampoco las cárites han venido a mi encuentro sin belleza, júbilo ni nada floreciendo. 

 Al final, el dos que nos representa, también representa la lucha entre bueno y malo; alegría y tristeza; olvido y recuerdo; sol y luna; negro y blanco y cualquier otra dicotomía. Mientras que el siete, el número más poderoso de todos, debería multiplicar las virtudes y desazonas del dos. Los números no mienten. Ese dos más siete del 27 finalmente es tres veces tres: tres hilanderas que han decidido nuestros destinos más tres desgracias que se presentan en nuestro ocaso más tres diosas de los encantos que nos han dado la espalda.  

Aún hay algo que me alivia: el cinco que resulta de las sumas de nuestros números: el cinco mío y el nueve suyo. Sólo debo entender el significado de la libertad que nos da ese número, una libertad unidos.

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