Ya la patrona había decidido lo que pasaría con Clotilde, quien no quería ni pensar en ello. La joven negra iría a servir a la hija de la señora de la casa al convento, además de acompañar a la sobrina de ésta en su viaje para convertirse en novicia. Pobre joven, lo suyo no era la meditación ni el rezo y no quería entregar su vida a un matrimonio virginal con Dios, pero su opinión al final no importaba.
Melancólica, miraba hacia las faldas de las montañas, recargada sobre su madre, quien la abrazaba fuertemente. Ambas, casi esclavas, no podían hacer mucho para cambiar la suerte de la muchacha. Suspiraban mientras daban sorbos de vez en vez al chocolate caliente que apenas las reconfortaba del frío que hacía en Amecameca. Todos los demás habitantes de la cabañita, que el señor Ramírez les había construido a sus trabajadores, estaban melancólicos ante la inminente partida de Clotilde a la ciudad.
El día finalmente llegó. Clotilde se despidió de su madre y sus hermanos. Lloraron y se abrazaron hasta que debió subir a la diligencia conducida por un hombre poco paciente. Hasta doña Mariana, la sobrina de su patrona, se compadecía de ella, le daba palmaditas en la mano y le repetía que todo estaría bien, que sería buena con ella, que se divertirían en la ciudad y que incluso cuando se casara, se la llevaría consigo. Pero eso no le preocupaba a la joven que no dejaba de llorar. Clotilde sabía que seguramente no volvería a ver a su madre, extrañaría sus cálidos abrazos, las veces que la consolaba, que le cantaba canciones de tierras muy lejanas y fuera de Nueva España, los frijoles refritos que le cocinaba, ese manjar negro despreciado por los españoles... pero también tenía miedo de la ciudad. Le habían contado que allá no había muchos negros y que los indios que servían a los blancos a veces les daba tanta curiosidad la piel negra que los mataban y destazaban para ver si por dentro también eran de ese color...
Clotilde intentó alejar todos esos malos pensamientos. Se dijo a sí misma que debía ser fuerte, pues ella había venido a este mundo a trabajar. Eso siempre se lo habían dicho desde pequeña. Pero cómo deseaba volver a ser una niña para escuchar las historias que su mamá le contaba antes de irse a dormir, quedarse dormida en sus cálidos y curtidos brazos, verla cocinar para los patrones, que siempre las trataron bien, e incluso jugar con las nietas del señor Ramírez, mientras su madre reía y las observaba. Clotilde no sabía que desde la hacienda, su madre también lloraba por su inminente despedida, recordando el día que la parió, la primera vez que la tuvo entre sus brazos. Desde ese momento siempre supo que en algún momento se tendrían que separar, según los designios de sus patrones.
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